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Después del cine, por Amalia Jamilis

 

El hombre muerto tomaba café vestido con un pantalón brillante y un saco de alamares. La mujer se levantó de la cama y con un dedo enguantado le señaló algo que había adentro de la taza. El hombre miró sonriendo; mientras sonreía la mujer abrió su cartera, sacó un revólver y lo mató. El hombre se desplomó hacia atrás con mucho ruido y estaba muerto, ya no volvería a tomar café nunca más. La mujer se puso un tapado de piel, como hacía Olimpia en invierno y un sombrero altísimo, le dio al muerto un beso en la boca y salió a la calle.

Misa terminó de comer el pop choclo y se dio cuenta de que Victoria no estaba; a lo mejor había ido hasta el baño, porque siempre que iba al cine con Victoria, ella se levantaba una o dos veces para ir al baño.

Algunos asientos más allá, un hombre y una mujer viejos abrían paquetes de caramelos. A su lado una rubia bajita miraba la película y se comía las uñas.

Ahora un vigilante con una estrella de plata arrastraba a la mujer del tapado de piel, ella se retorcía y echaba espuma por la boca. Sonaban silbatos y se encendían linternas, la mujer conseguía escaparse y llegaba hasta una estación blanca de nieve en el momento en que avanzaba un tren. La mujer se arrojaba a las vías, había luces, sombras y más nieve y el tren la partía en mil pedazos.

A su lado la rubia se sonó fuertemente la nariz. La gente empezaba a levantarse y a ponerse los abrigos. Misa salió la última y se fue al baño, pero Victoria no estaba; tampoco estaba en el vestíbulo.

Al llegar a la esquina se dio cuenta de que era una noche muy oscura. A mitad de cuadra habían quedado las luces del cine y las voces; de pronto se encontraba caminando pegada a la pared, siguiendo a un hombre y a una mujer que ahora, detenidos y dados vuelta hacia ella, eran el hombre y la mujer viejos del cine que comían caramelos.

— Hola— dijo el hombre—. Una nena sola.

—Los chicos no deben andar solos de noche —dictaminó la mujer.

Recién entonces Misa reparó en que eran realmente muy viejos, más de lo que ella había visto nunca. Se apretó contra la pared y se cubrió la cara con las manos.

—No te asustes, nena—dijo el hombre, acariciándole la cabeza—. Sólo queremos que vuelvas a casa, es muy tarde para una chica sola.

—Además hace frío, Augusto, esta nena va desabrigada.

—Y no solo por el frío—siguió diciendo el hombre—. De noche nunca se sabe con qué cosa va a encontrarse una chica por las esquinas. Sin contar a los murciélagos. Me acuerdo que cuando muchacho los murciélagos me asustaban horriblemente. Y eso que nunca fui lo que se dice un cobarde, Magdalena. Pero esta chica está asustada. Sacate las manos de la cara, hijita, y decinos cómo te llamás.

—Augusto, basta de decir tonterías. Lo único que has conseguido es impresionar más todavía a esta pobre criatura.

—Sabés muy bien que los chicos pequeños me intimidan, Magdalena.

—Bueno, criatura, a ver, ¿dónde vivís?

—No sé—dijo Misa sin sacar sus manos de la cara, mirando a la mujer por entre los dedos abiertos.

—Pero cómo es que llegaste hasta aquí; ¿estabas viendo el cine?

—Sí—dijo Misa.

—Pobrecita, mandar a una nena tan chica sola al cine— reflexionó el hombre, como hablando consigo mismo—. Hay gente desalmada. Cuando todavía ejercía, conocí a una mujer que mató a su hija porque había contado al padre que ella la dejaba todas las tardes en un cine, para verse con un amante. Magdalena, si hubieses visto a aquella mujer no lo creerías. Parecía toda delicadeza. 

—Augusto, no se puede decir que seas oportuno. Veamos, nena. ¿Quién te trajo al cine?

—Victoria —dijo Misa, retirando por fin sus manos de la cara.

—Pero, mirá, Augusto, qué linda es. Me hace acordar a Teté. Los mismos rulitos castaños, la misma forma de la boca. Si Teté viviera tendría ahora… déjame contar.

—Magdalena, no empecemos otra vez.

—Siempre sostuve, Augusto, que en el fondo eras un hombre sin corazón. Cómo puede ser que no me permitas recordar a mi propia hija.

—Te hace mal, Magdalena. Después te dan jaquecas. Acordate las que tuviste el año pasado. Te dieron seguido durante seis meses, por lo menos.

—Teté tendría treinta y dos años —dijo la mujer, tomando la mano a Misa—. Me acuerdo de ella como si fuera hoy.

—No quiero contradecirte, Magdalena —dijo el hombre—, pero no es sano lo que hiciste. Conservar sus cosas, su cuarto, todos estos años.

—Era una manera de que Teté siguiera entre nosotros. Y ahora esta chica.

—Magdalena.

—Podría ser, bueno, no recuerdo la palabra, una reencarnación. Eso.

—Magdalena, basta.

—No, Augusto, no voy a permitir que me grites en la calle. Cualquiera puede pasar, y entonces, ¿qué pensará de nosotros?

—Tenés razón, Magdalena, disculpame.

—Bueno, hijita, ¿quién es Victoria?

—No sé —dijo Misa con un súbito escalofrío.

—No sabe —repitió el hombre—. Mi Dios, cuánta maldad hay en el mundo.

—Está helada y muerta de miedo —dijo la mujer—. Los dientes le castañetean; quien sabe desde cuando no come. Es bastante flaca. Los vestidos de Teté le quedaría justos.

—Magdalena, no hables así.

—Tendrías que alegrarte, Augusto. Siempre dijiste que debía desprenderme de todas las cosas de Teté. De sus vestidos, de sus muebles, de sus fotografías.

—Si dije eso lo dije por tu bien, Magdalena. A veces me pareció que te estabas por volver loca.

—Qué podés saber, Augusto. Si vamos a hablar claro, nunca te destacaste por tu sensibilidad.

—Mentira. Sabés muy bien que soy fanático por la música.

—Estamos hablando de cosas distintas, Augusto. Además no podemos dejar a este pobre ángel aquí, sola y desamparada en mitad de la calle.

—Cierto. Hay que hacer algo. Podríamos buscar la seccional de este barrio y dejarla allí.

—Pero, qué estás diciendo. No puedo creerlo, esto es demasiado. Y si nadie la va a buscar, ¿Qué querés que hagan con ella en la comisaría? ¿Crees que la van a alimentar, que le van a dar ropa de abrigo? Además, sabés muy bien lo que le espera a esta criatura.

—Sí, el asilo,

—Sí, el asilo, sí, el asilo —se burló la mujer. Misa, en tanto, los miraba alternativamente, y su mirada fijaba detalles: el brillo dorado de los anteojos del hombre, el zorro de piel que la mujer llevaba arrollado al cuello.

—Augusto —dijo la mujer—. Si te oponés no tendré otro remedio que llevármela a lo de Clotilde. Ella me la dejará tener con gusto.

—Hablás como una chiquilina, Magdalena. Como si tuvieras dieciocho años y estuvieras por fugarte de tu casa. Quiere decir que te quedarías con la chica en lo de Clotilde, en lo de esa chiflada.

—Augusto, no te permito. Es mi hermana.

—Tenés razón, Magdalena, discúlpame.

—Ahora yo me pregunto, Augusto, ¿podríamos adoptar a una chica a nuestra edad?

—No intentarás decir que pensás en serio adoptar a la chica.

— ¿Y por qué no? Después de todo sería cuestión de imaginar que Teté se ha casado y esta criatura es su hija. Algo tan fácil con sus rulos, con la forma de la boca.

—Es ridículo, Magdalena, a nuestra edad.

—Si se trata de gastos, no te preocupes, Augusto. Emplearé en ella mi propia renta. La mandaré aun buen colegio. Los sábados a la tarde la llevaré a tomar el té a Gath y Chaves. Cuando sea grande haremos fiestas para que destaque. Todo lo que no pude darle a la pobre Teté.

—No se trata de gastos, Magdalena.

—Entonces vamos yendo —dijo la mujer. Se inclinó sobre Misa y de pronto pareció recordar algo.

—Pero, ¿y tu nombre? Todavía no te hemos preguntado el nombre. ¿Cómo te llamás?

Se llamaba María Luisa, pero nadie la había llamado jamás así, de modo que permaneció callada. El zorro de piel la miró con su único ojo gris que lanzaba destellos. Primero se retrajo, asustada ante aquel ojo luminoso; después percibió el perfume de la mujer vieja, levantó la cara y la miró y la cara de esa mujer le devolvió la mirada, y estaba llena de arrugas de risa. Entonces se atrevió; lentamente acarició la piel del zorro y dijo:

—Misa.

El hombre y la mujer la tomaron de las manos y empezaron a caminar con ella en el medio. Algunos nombres le subieron a los labios mientras caminaba. Sin voz dijo Victoria y dijo Cela, dijo Rogelio  y dijo Pampa, dijo Nana y dijo Feroso; dijo algunos nombres más. Cada paso que daba correspondía a un nombre.

Se detuvieron junto a un auto; el hombre y la mujer la ayudaron a subir y la sentaron entre los dos; después el auto se puso en marcha. Para cuando llegaran a destino ya ella se habría olvidado de todo.


Los trabajos nocturnos

Centro editor de América latina (1971) © Amalia Jamilis


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