El auto de Silvia estaba estacionado frente a la casa, con las balizas puestas. Me quedé parado, pensando en si había alguna posibilidad real de no atender el timbre, pero el partido se escuchaba en toda la casa, así que apagué el televisor y fui a abrir. —Silvia —dije. —Hola —dijo ella, y entró sin que yo alcanzara a decir nada—. Tenemos que hablar, Martín. Señaló mi propio sillón y yo obedecí, porque a veces, cuando el pasado toca a la puerta y me trata como hace cuatro años atrás, sigo siendo un imbécil. —No va a gustarte. Es… es fuerte —miró su reloj—. Es sobre Sara. —Siempre es sobre Sara —dije. —Vas a decir que exagero, que soy una loca, todo ese asunto. Pero hoy no hay tiempo. Te venís a casa ahora mismo, esto tenés que verlo con tus propios ojos. — ¿Qué pasa? —Además, le dije a Sara que irías así que te espera. Nos quedamos en silencio un momento. Pensé en cuál sería el próximo paso, hasta que ella frunció el ceño, se levantó y fue hasta la puerta. Tomé mi abrigo y ...